El Misterio del Bosque Susurrante
El joven Croan, con su brillante armadura de cobre forjada por su abuelo, avanzaba con cautela. El Bosque Susurrante era conocido por sus viejos robles que contaban secretos al viento. Oía un ruido extraño, como un quejido lejano que no pertenecía a ningún animal que conociera. Su fiel lobo, Drogo, gruñó, con las orejas erguidas, mientras sus ojos amarillos como el ámbar escaneaban entre los árboles. Croan recordaba las historias de su pueblo sobre el Gran Dracón, una criatura de leyenda que protegía las aguas cristalinas del manantial. Su misión era encontrar una gema, el Corazón de Dracón, la única cura para una plaga que marchitaba las cosechas. La búsqueda no sería fácil, pues el mapa que sostenía era tan viejo como los árboles que lo rodeaban, sus bordes deshilachados y las marcas casi borradas por el tiempo. El aire se volvió más frío, y un escalofrío recorrió la espalda de Croan, anticipando el encuentro.
El Guardián y la Enigma
Croan siguió el sonido hasta llegar a una cueva oculta tras una cascada de agua plateada. Dentro, la escena le dejó sin aliento. Un magnífico dragón, Dracón, yacía herido, con una gema incrustada en su pecho que latía con una luz suave. Su escama brillante, azul como el cielo nocturno, estaba opaca en algunas zonas. Dracón no era malvado; había sido atacado por un hechicero oscuro que buscaba robar su magia. Él era el Dracón del que hablaban las leyendas, el guardián. Su voz era un trueno suave, pidiendo ayuda. Croan, valiente pero cauteloso, se acercó al dragón. "¿Qué te aflige, noble criatura?" preguntó Croan, su voz temblorosa pero firme. Dracón señaló con su garra la gema brillante. No quería que le arrebataran su Corazón para curar la plaga. La gema era su propia fuerza vital. Los ojos sabios del dragón le contaron una historia sin palabras: la única manera de que la gema funcionara era si se le entregaba con un corazón puro y sin egoísmo. El dragón le explicó a Croan que el Corazón solo liberaría sus poderes de curación si el portador comprendía el verdadero significado del sacrificio. No era simplemente tomar, sino dar. Croan y Drogo se sentaron a escuchar la historia del gran dragón.
La Prueba de Tredon
Al día siguiente, mientras Croan y Drogo intentaban idear un plan, un caballero fornido, con una armadura de placas pesada y cicatrices de batalla, irrumpió en la cueva. Era Tredon, un mercenario conocido por su fuerza y su avaricia. "¡He venido por el Corazón de Dracón!" gritó Tredon, blandiendo una espada gigante. Sus ojos brillaban con codicia. Croan se interpuso, explicando que el Corazón solo funcionaría si se usaba por una buena causa. Tredon se rió, burlándose de las palabras de Croan. "¡Tonterías! La fuerza es la única verdad." Un combate era inevitable. Croan, aunque más pequeño, era ágil. Esquivó los golpes brutales de Tredon, esperando una apertura. Drogo, astuto, intentó distraerlo mordisqueando sus grebas. Croan recordó las palabras del Dracón. No se trataba de vencer, sino de convencer. Buscó una oportunidad para hablar con Tredon, no para luchar. Finalmente, Croan logró desarmar a Tredon con una hábil finta, haciendo que la espada del mercenario se clavara en el suelo. Tredon, sorprendido, se quedó inmóvil. Croan le explicó el verdadero valor del Corazón: la generosidad y el sacrificio. El dragón, débil pero observador, asintió con su gran cabeza, reforzando la verdad de las palabras de Croan. Tredon, por primera vez, parecía escuchar. Su avaricia, por un momento, se disipó.








