Un Juego de Aullidos en el Anochecer
Oliver, con su gorro de lana verde y su mochila abultada, se adentró en el borde del bosque de pinos. El suelo estaba cubierto de agujas caídas y piñas viejas que crujían bajo sus botas. La luz del atardecer teñía el cielo de un violeta suave, y las sombras de los árboles se estiraban como dedos largos y delgados. Estaba solo, o eso creía, y decidió que era el momento perfecto para jugar a los lobos. Inhaló profundamente, llenó sus pulmones y lanzó un aullido largo y agudo que resonó entre los troncos oscuros. Era su imitación favorita de un cachorro de lobo. Se rió entre dientes, imaginando la sorpresa de cualquier animalito que lo escuchara. Luego, con una sonrisa pícara, aulló de nuevo, esta vez con más fuerza, simulando angustia. No había ningún lobo, solo Oliver, disfrutando de su pequeño engaño, esperando ver si su "llamada de auxilio" atraía alguna criatura curiosa. De repente, un arbusto cercano se agitó con un crujido seco, mucho más fuerte de lo que un conejo podría hacer. Oliver dejó de aullar y se quedó quieto, sus ojos bien abiertos.
La Sombra Sorprendente
Oliver se pegó a un tronco de pino, sintiendo la corteza áspera contra su mejilla. Su corazón latía rápido, como un tambor. La sombra se movió de nuevo, y esta vez, una figura oscura y esbelta emergió parcialmente de entre los arbustos. No era un oso. No era un ciervo. Era demasiado baja para ser un lobo adulto, pero demasiado grande para ser cualquier otra cosa. Un pequeño gemido escapó de la figura, un sonido real, no un juego. El gemido era suave y lleno de pena, nada que Oliver hubiera podido imitar. De repente, la figura dio un paso completo hacia la luz moribunda. Era un cachorro de lobo, con el pelaje gris oscuro y los ojos brillantes y asustados. El cachorro miró a Oliver, luego bajó la cabeza y emitió otro gemido débil. Oliver sintió un nudo en el estómago. Este cachorro no estaba jugando. Este cachorro realmente necesitaba ayuda, y Oliver se había pasado un buen rato aullando como si él mismo estuviera en apuros. Una pequeña vergüenza lo recorrió mientras el cachorro de lobo levantaba su hocico, olfateando el aire, y luego sus pequeños ojos se fijaron en Oliver con una mezcla de curiosidad y miedo.
La Verdadera Llamada
El aullido del cachorro era un lamento tan real que resonó en el pecho de Oliver. No era el aullido que él había practicado, lleno de emoción fingida; este aullido era una petición silenciosa de ayuda. El pequeño lobo se acercó un poco más, sus grandes ojos fijos en Oliver. Parecía tan frágil y perdido en el enorme bosque. Oliver se dio cuenta de que sus ruidosos juegos habían sido un eco burlón de la verdadera angustia de esta criatura. Se sentía avergonzado por sus falsos aullidos, que ahora sonaban huecos y tontos. El cachorro de lobo se sentó, su cola golpeando suavemente las agujas de pino, como si esperara una respuesta. Oliver se arrodilló lentamente, extendiendo una mano. No para tocar, solo para mostrar que no había peligro. El cachorro inclinó la cabeza, su pequeña nariz se movió, captando el olor de Oliver. El cielo se había oscurecido aún más, casi negro, y la luna comenzaba a asomarse entre las ramas. El silencio se hizo más profundo, solo roto por el suave viento entre los pinos y el ocasional suspiro del cachorro. De pronto, un aullido potente y grave rompió la calma, mucho más cerca de lo que a Oliver le gustaría, y no venía del cachorro.
